domingo, 11 de julio de 2010

Belleza

Qué será lo que nos pasa con la belleza, que nos deja inútiles para escuchar. La belleza nos inunda, se nos imprime en la retina y entonces dejamos de tener control, dejamos de pensar, dejamos de escuchar, dejamos de tener sentido común y sólo nos queda ser alguien que se perdió en la belleza que ve y que le conmueve hasta el fondo de su ser.

De nada servirá que el otro te diga nada. Nada de lo que te diga, nada de lo que haga, será tenido en cuenta, más allá de estar todo teñido por esa impresión que te trastornó y que te transporta a sitios donde crees no haber estado nunca...

Porque la belleza no es fácil de encontrar. No hablo de la belleza cotidiana. Hablo de la extraordinaria. De aquella que te transporta a otro mundo. De aquella que hace que el mundo y tú mismo se convierta en algo vulgar y accesorio. De aquella que te conmueve y te traspasa hasta el fondo de tu ser y te deja indefenso, a merced del que posee...esa belleza...

Y entonces, te puedes encontrar en situaciones diversas y paradójicas. Puede que el origen de semejante belleza esté buscando ayuda, o esté buscando un interlocutor, o esté buscando una víctima. En cualquiera de los casos, se encontrará con alguien que no puede ayudar, que no puede ser interlocutor y que puede ser la víctima perfecta, porque se encuentra transportado en un mundo de ilusión y de éxtasis...

...y que cuando sale del éxtasis, sale convertido en víctima o en verdugo. Verdugo de aquél que vino en ayuda y sólo encontró éxtasis; verdugo de aquél que vino en busca de un interlocutor y sólo encontró ensimismamiento; víctima de aquél que te vio indefenso ante su poder.

Y yo, hace tiempo que me pregunto, ¿qué hacer para no sucumbir a ese poder?, ¿qué hacer para que mi retina, mis ojos, mi cerebro y mi alma entera no se ilumine ante la sublime belleza?, ¿qué hacer para permanecer centrada en mí misma, ajena a todo aquello que mi alma considera bello?.

Probé distintas opciones. Probé a ir ciega por la vida. Probé a ir sorda. Probé a ir muda. Probé a no utilizar mi tacto. Pero siempre, me quedó el instinto. La intuición. O algo que no sé nombrar, pero que dentro de mí se movía desde el fondo, cuando en el afuera había algo que tuviera belleza.

Y aunque estuviera ciega, sorda, muda, inmóvil y todo lo que queráis, lo más adentro de mí misma se movía, sin piedad, y sin compasión...hacia la belleza...dejándome a merced de ella...

Y entonces, aquí estoy. Sin la respuesta. Pero..sabiendo...que dentro de un tiempo incierto...seré víctima...o...verdugo...

2 comentarios:

José dijo...

Tengo que leerte y muchas veces releerte. Tantas veces se comete el error de querer decir y no escuchar...
El tema que propones es la belleza, y lo rocías con enigmas que son tu definición. Eres una mujer impregnada por el enigma, si me permites tan grosera aliteración, porque mujeres enigmáticas he visto muchas.
La belleza, la verdadera belleza, la que tantos y tantos desafortunados nunca llegan a alcanzar, se encuentra viviendo límpida y lábil como volutas de humo con las que jugara un niño, pellizcando en el caos casi quieto del aire un viaje etéreo de formas que se desvanecen.
Esa belleza no se puede poseer, y si se quiere poseer, se destruye bajo la yema de tus dedos. Aunque... qué ingenuidad pensar que se destruye, ¿verdad?
La belleza no se destruye, se recrea continuamente, en distintas formas solo accesibles si uno no pretende apoderarse de ella dominándola. Simplemente aparece otro día, en otro sitio. Pero hay que aprender bien la lección: ni se puede tener, ni se puede extraer beneficio de ella. Tampoco es útil el concepto de "ayudar". Todos esos conceptos involucran necesidades de posesión y de conservar frente a la destrucción. También involucran la idea de ganar o perder, y yo creo que no hay nada que ganar ni que perder. Hay que tomar la ruta del ser.


Y el éxtasis. El éxtasis de por sí es como la cumbre de una montaña de por sí: no es nada sin el paisaje que lo llevó a uno a ella. Cada jornada del camino cuenta. Y como con las grandes montañas legendarias, una vez que uno encuentra la cumbre que lo hace sentir solo frente a su existencia, mirando al vacío sin miedo; uno quiere volver a la misma cumbre una y otra vez, hasta que las fuerzas le fallen para volver a visitarla o hasta que la cumbre decida destruir el cuerpo que osó visitarla y lo funda con su paisaje.
Te sugiero una cosa: borra este comentario, no lo dejes aquí; verás cómo surge otro, como volutas de humo.

Electra dijo...

no borro el comentario, porque me gusta...
...aunque para llevar la contraria...la belleza está en aquél que la percibe...aquél que ha "entrenado" y abierto su mente para dejar que entre y poderla ver y poder extasiarse...