domingo, 11 de diciembre de 2011

El punto de vista...

Nací humano. Nací con punto de vista. Determinado. Lo que me hace ser ciego. Me hace ser limitado. Me hace estar equivocado.

Aunque, claro, todo esto no lo supe desde el principio.

Lo supe después de estrellarme muchas veces contra la realidad y contra los demás. Cuando, a fuerza de creerme en posesión de la verdad, intentaba como fuera defenderla. Y si la situación lo requería, con tal de no ceder, hería a los demás.

Paradójicamente, cuanto más firmemente creía poseer la verdad, más me equivocaba. Era algo que era inversamente proporcional. Curioso fenómeno, visto ahora desde la distancia.

Parece que mi miedo a que la realidad no fuera como yo creía que era, era lo que me hacía defender acérrimamente mi verdad. No fuera a ser que la verdadera realidad me hiciera daño. O me transformara de alguna manera. O me hiciera verme a mí mismo. O que los demás se dieran cuenta de cómo soy en realidad.

Y antes de que pasara cualquiera de esas cosas, u otras parecidas, yo me convertía en Don Quijote. En mil Don Quijotes si fuera necesario. En el guerrero universal. Aquél que posee la verdad y la magnanimidad.

Qué iluso era. Qué equivocado estaba. Y cuán grande pagué mi equivocación.

Tal llegó a ser mi ceguera, que mi sombra se adueñó de mí. Aquello que más temía mostrar, era lo único que llegué a mostrar. Tejí mi punto de vista a base de ocultar mi sombra, y mi sombra me engulló.

Tardé días. Meses. Años. Pero un día me dí cuenta. Un día descubrí que no tenía más sombra para tejer. Y sin sombra para tejer, no había punto de vista.

Así que me quedé mudo. Y por primera vez, empecé a ver. Empecé a escuchar.

Y lo que ví y lo que escuché eran otros mundos. Otros puntos de vista. Tejidos con los pedazos de sombra de los demás. Cada uno hacía lo que podía.

Había algunos que no tenían mucho que tejer. Otros tejían y tejían, en una vorágine asombrosa, que trataban de trasladar al mundo. Y así, nos descubrí a todos. Seres humanos que trazamos la realidad, tejiendo nuestras sombras. Intentando que no se vea aquello que creemos que no va a gustar.

Y así, la realidad vivida y vista se compone de jirones. De los jirones de nuestra alma, y de los pedazos oscuros que no queremos mostrar.

Nos quedan velados los hermosos. Aquellos que brillarían si no fuera porque compulsivamente tratamos de borrarlos.Seres de luz que no se reconocen en ello, y que prefieren vagar por las sombras, a ciegas, sólo por querer defender un pedacito de realidad, un mísero punto de vista.

¿Y qué podía hacer yo ante tamaña equivocación?. Pensé que para mí ya era tarde, ya que ni siquiera podía ya hacer nada por defender mi punto de vista. Así que, seguí escuchando.

Y así, pasé en silencio muchos años. Cada año que pasaba en silencio, una telaraña de mi tela tejida se caía. Desaparecía. Y era reemplazada por un hermoso tapiz. Un tapiz de colores vivos y brillantes. Un tapiz que no había visto nunca y que me hacía sentirme seguro.

Esperé a que el tapiz me cubriera por entero, y entonces, decidí volver a hablar.

Y cuando hablé, descubrí, que mi punto de vista había...desaparecido...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi querida Electra:

Este comentario se refiere al último tuyo del anterior escrito, en el que dices que el tema del perdón es peliagudo y no lo tienes resuelto, preguntándote el para qué y a quién, y dudando de que sea posible perdonarse a sí mismo.

Empezando por lo último, creo que perdonarse uno mismo es imposible. Puede uno arrepentirse de algo, pero no perdonarse. Y cuanto más arrepentimiento haya -condición necesaria para movernos a otorgarnos nuestro perdón, más difícil es. Cabe el olvido forzado, el no querer pensar, pero no el perdón. El perdón sólo lo puede dar otro.

O sea que te preguntas para qué y a quién perdonar. No sé qué relaciones tienes con las demás personas, pero pareciera que estuvieras por encima del bien y del mal. ¿Nunca has sentido que te han ofendido o hecho daño o has ofendido o hecho daño tú a alguien? ¿No has experimentado lo que es el arrepentimiento y la necesidad de paliar, en lo posible, tu acción? ¿Nunca has sentido la satisfacción de perdonar a alguien que te haya ofendido y reconciliarte con él? Si así fuera tu afectividad sería incompleta y yo no lo creo.

Electra dijo...

Mi querido Anónimo,
no estoy por encima del bien ni del mal. Soy muy humana, quizá demasiado...
Lo que quiero decir es que a mí, según qué cosas, me cuesta perdonar.
Puedo perdonar unas cosas y otras no.
Hay cosas que nos suceden en la vida, a través de otras personas, que son difícilmente perdonables. Al menos, para mí. Y si es difícil el perdón, no digo nada de la reconciliación.
Hay personas que cuanto más lejos estés de ellas, mejor.