lunes, 8 de diciembre de 2008

Decepción

Decepción. Aprendí pronto el significado de esa palabra. Demasiado pronto para mi gusto. Aunque, tal vez, quizá, que fuera tan pronto, me hizo empezar a prepararme para lo que la vida me deparaba. Si no hubiera aprendido tan pronto su significado y lo hubiera experimentado en carne propia, cuanto más tarde hubiera sido, mayor hubiera sido mi...valga la redundancia...decepción.

La primera vez que sentí decepción, era demasiado pequeño para saber qué me estaba pasando. Solamente experimenté un pequeño vacío en mi interior. Era como si mi estómago hubiera decidido entrar en una espiral autodestructiva, que, empezó siendo pequeñita, pero que poco a poco, se convirtió en un imán para el resto de mis órganos y sobre todo, de mis emociones. Todo confluía en el centro de mi estómago. Decidí que no diría nada, ya que, seguro que esto sólo me pasaba a mí, y me apreté las manos contra mi tripa y cerré los ojos muy fuerte, esperando que cesara cuanto antes.

Afortunadamente, al poco tiempo, mis manos, a las que atribuí propiedades mágicas y milagrosas derivadas de aquello, lograron contener y detener a la espiral mortífera que amenazaba mi equilibrio. Entonces, recuperado éste, volví a abrir los ojos y miré y remiré, por si alguien se había dado cuenta del grave peligro que había corrido. Pero, aparentemente, nadie se había dado cuenta.

En sucesivas ocasiones, recurrí a mis manos milagrosas, curanderas de la decepción...e intenté, al menos, alguna vez, experimentar en mis más allegados, seguro como estaba, del poder omnipotente de las mismas, pero, nada, mis manos milagrosas, aplicadas sobre los demás, no sólo no les aliviaban, sino que, a veces, les hacía empeorar su estado. Consecuencia de ello fue que dediqué mis manos en exclusiva a mi persona.

Hasta que un día, mi decepción fué mayor que las otras veces. Recurrí inmediatamente a mis manos, pero, para mi sorpresa, no funcionó y mi equilibrio empezó a hacer aguas. Caí fulminado al suelo y llegué a sentir tal angustia, que creí que se abriría un agujero en el suelo y me caería por él. Afortunadamente para mí, no llegué a tal extremo, pero tardé días en salir de aquella decepción.

Analizando el por qué del fallo de mis manos milagrosas, me dí cuenta, de que, en todos los casos anteriores, las decepciones me las había llevado por lo que yo esperaba de los demás o de las situaciones. En el caso que estaba analizando, la decepción me la había llevado, porque yo no había estado a la altura de la persona que yo creía que era yo. Y claro, siendo yo el origen de mi propia decepción, ¿podía esperar que mis manos, por muy milagrosas que fueran, me aliviaran?. Decidí que aquello no tenía sentido, y empecé a buscar qué remedio podía tener para aquellas situaciones en las que era yo el que me decepcionaba a mí mismo.

Busqué y busqué. Sobre todo, busqué fuera. Busqué curanderos, con manos milagrosas lo suficientemente potentes como para curar a los demás. Pero no los encontré. Busqué maestros milenarios, que ofrecían paz de aquí a la eternidad, pero, nada, conmigo aquello no funcionaba. Busqué el olvido de mí mismo en los demás, pero nada, tampoco. Si me olvidaba de mí mismo, de un golpe, en algún momento, me hacía plenamente consciente y sufría indeciblemente. Empleé muchos, muchos años en esa búsqueda, y no conseguí encontrar nada satisfactorio. A medida que pasaba el tiempo y mi búsqueda no daba sus frutos, mi temor a decepcionarme a mí mismo crecía y crecía.

Y, paradójicamente, cuanto más miedo tenía a decepcionarme, tanto más expuesto estaba a ello. Así, hasta que un día, ocurrió. Me decepcioné tanto a mí mismo, que la tierra se abrió y me tragó. Literalmente. Caí y caí y no había nada que se opusiera a mi total y absoluta caída. Fueron segundos...minutos...horas...días...de caída en vacío y llegué a la oscuridad total. A la plena conciencia de la miseria de mí mismo...y cuando creía que iba a seguir cayendo...no caí...porque ya no había más bajada...se había producido el encuentro con mi yo mas miserable y decepcionante...y no había nadie conmigo...

Asi que...invadido de un espíritu de supervivencia sin límites, decidí mirar mi yo más miserable y decepcionante...a la cara...le plantaría cara...era lo único que me faltaba por experimentar. Y...mientras investigaba cómo plantarle cara...la espiral autodestructiva iba frenando, por momentos...y en esos momentos, mi yo no decepcionante...iba ganando fuerza...y con él, el análisis racional de todo...hasta que...todo lo positivo de mí mismo estuvo enfrente de todo lo negativo de mí mismo...y en el medio...el análisis de las circunstancias...

Aquella vez intuí, que, todo lo que nos pasa interiormente, podíamos llegar a controlarlo. Y en ello pienso emplear el resto de mi vida...y entonces, casi deseé haber experimentado más decepciones de las que había experimentado, porque así, hubiera estado más preparado...pero...no iba a estar decepcionado por ello...¿no creéis?...

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Dicen que en el estómago se encuentra el núcleo de la persona y el ombligo es el centro de las emociones.
Si buscamos en nuestro interior muy profundamente, lograremos encontrar un estímulo que nos enseñe el gramo de materia consciente que hay en nuestra persona conectada a ese centro emocional, que al final, son las sensaciones. Sensaciones que nos conectaban a esa otra vida interior que puede, de alguna manera manejar las decepciones.
Y de alguna manera,en determinadas circunstancias de una vida, es necesario caer, es decir, entrar en el terreno más sórdido de la mente, para volver a renacer y darnos cuenta que nuestro mundo es un círculo perfecto, en el que todo tiene cabida y todo se maneja como uno quiere. Lo positivo para uno mismo, frente a lo negativo que no puede salir porque el círculo está cerrado. Todo lo que está dentro no tiene principio ni fin. Así es tu yo interior... Casi, casi como el Universo.
Norberto Levy escribe en uno de sus libros algo así como esto:
"Si cada vez que uno sufre y se decepciona, explora con detenimiento su estado, podrá comprobar que en la mayoría de los casos lo que lo produce es un desacuerdo interior que no se resuelve: El desacuerdo entre lo que soy y lo que podría ser".

Si esto lo extrapolas a lo que eres y a lo que creen los demás que eres, probablemente el descuerdo interior sea mayor, y ahí está el origen de la decepción.

Y a lo mejor, pienso yo, que igual que es necesario el mal para que funcione el bien; es necesario también que la decepción tenga conciencia de la persona para que en la persona tome forma, y la mente la pueda controlar y superar.
Ahora que tampoco se puede ni se debe ir por ahí buscando a la decepción, o estar cerca de los que te la pueden proorcionar.

"Tu mente y tu interior tienen que tener el mismo guión escrito que mental. En cuanto se establece un desacuerdo, la mente se desorganiza y queda libre para pensar. Y con lo que piense, tú puedes ser el primero que te llegues a decepcionar".

Rocío del Alba
18 Diciembre 2008

Anónimo dijo...

Creo que el mundo de las sensaciones, puede representarse perfectamente por una onda
senoidal, sus valles, sus cimas, sus puntos de equilibrio. Tan irregular como nos sintamos. No me gustaría tener una onda plana, con total ausencia de emociones. Sin embargo si las euforias te elevan a picos importantes, hay que descender con cuidado para no pegarse un buen batacazo en profundos valles, desde donde sea duro remontar hasta un punto de equilibro.

¿Ilusiones? ¡Cómo no!. ¿Decepciones? ¡Pues claro! ¿Qué provoca, induce, unas y otras? Supongo que cada individuo es un universo... y muy complejo. Creo recordar que en este blog, se ha tratado en otras ocasiones de lo importante que es saber caer y levantarse, subir y descender. En definitiva regularizar la onda personal gobernando en lo posible su trazo, intuyéndolo, aceptando que puede ser irregular en ocasiones.

Como en electrónica, esa onda, es portadora de información.Se debe leer y aprender.

Delta

Anónimo dijo...

PARA DELTA:

¡¡¡Hola Delta !!!

Estoy muy de acuerdo con lo que dices , ¡¡¡ a ver si te podemos leer con más frecuencia por aquí !!!. Gracias .

Fdo.- Argonauta.

Anónimo dijo...

¡Hola Argonauta!

Disculpad mis ausencias. Buscar Vellocinos por el mundo, es un trabajo que me seduce y absorbe. Y encima no los encuentro.

Con intermitencias, espero seguir apareciendo en el blog.

Por otro lado, Electra tiene un don especial, para describir esas ideas, pensamientos huidizos, fugitivos que parecen de todos y de nadie y son suyos, que están en el aire y son complicados de retener. Les da forma y se les puede apresar, incluso coleccionar, aunque no siempre sea fácil seguir y tirar del finísimo hilo que propone.

Espero, le deseo que sean recursos, habilidades literarias antes que vivencias reales.

Felices Navidades para todos

Delta

Electra dijo...

Querida Rocío del Alba, muchas gracias por tu reflexión, en especial donde dices "igual que es necesario el mal para que funcione el bien; es necesario también que la decepción tenga conciencia de la persona para que en la persona tome forma, y la mente la pueda controlar y superar".

Gracias también a Delta, estoy completamente de acuerdo con Argonauta, es raro verte por aquí y extrañamos tus reflexiones.

FEliz Navidad,

Electra